¿Y si hablamos de arrepentimiento, decisiones que no tomamos, oportunidades perdidas y todo lo que seguimos dejando para después?
¿Te ha pasado alguna vez pensar en algo que no hiciste y sentir un nudo en el estómago?
Siendo sincera, pensaba que esto solo pasaba con acontecimientos grandes, de esos que sabes que pueden cambiarte la vida. Hoy soy más consciente de que también puede aparecer con decisiones que no tomamos, oportunidades perdidas o cuestiones mucho más del día a día.
Una de las cosas con las que más me ha ocurrido ha sido al recordar alguna conversación que dejé pasar porque pensé que la otra persona y yo íbamos a estar siempre ahí, que ya habría tiempo y en algún momento encontraríamos la ocasión. Luego una se da cuenta de algo tan evidente como que ni la otra persona ni yo vivimos eternamente.
Continuamente nos estamos dejando vidas y experiencias sin vivir. Cuando tomamos una decisión elegimos un camino y dejamos otras posibilidades atrás. No estoy segura de casi nada, pero sí creo que, si alguna de esas otras opciones permanece muy presente en nuestra cabeza, puede regresar después, incluso cuando pensábamos que ya estaba colocada en algún rincón del pasado. A veces basta una frase, alguien que nos recuerda a otra persona o una situación parecida para que vuelva a aparecer.
Y con ella llega la pregunta de qué habría pasado si hubiéramos hecho las cosas de otra manera.
Ahí entramos en un terreno complicado porque podemos imaginar mil respuestas, pero ninguna podrá comprobarse. Esa parte de nuestra vida nunca llegó a suceder.
Cuando una decisión sí ocurrió, aunque saliera mal, tenemos una historia real. Sabemos qué hicimos, qué vino después y el lugar que terminó ocupando aquello en nuestra vida. Con los años incluso podemos mirarlo de otra forma, entender mejor por qué decidimos lo que decidimos o aceptar que nos equivocamos y seguimos adelante.
Con aquello que dejamos sin hacer la cosa cambia. Como nunca tuvo un desenlace, nuestra imaginación, o mejor dicho, en mi caso mi Cotorrilla —así llamo a mi mente cuando se pone jartible y no deja de darle vueltas a algo—, dispone de muchísimo espacio para reconstruirlo y convertirlo en algo mucho mejor o mucho peor de lo que probablemente habría sido.
Investigando sobre este tema, encontré los trabajos de Thomas Gilovich y Victoria Medvec sobre cómo cambia el arrepentimiento con el paso del tiempo. Sus estudios encontraron que las decisiones recientes que salieron mal suelen pesarnos bastante, mientras que, cuando miramos hacia un pasado más lejano, empiezan a ocupar más espacio algunas de las cosas que dejamos sin hacer.
Esto, para serte sincera, me hizo pensar, pero no porque crea que la conclusión sea lanzarnos a todo para evitar futuros arrepentimientos. No, ni mucho menos.
Cada persona vive unas circunstancias concretas y cualquier decisión importante se mezcla con ellas. Lo que desde fuera puede parecer facilísimo cambia muchísimo según el momento que estemos atravesando, cómo nos encontremos, lo que tengamos entre manos y el margen real que exista para movernos.
Por eso me cuesta esa idea tan repetida de que basta con querer algo con fuerza para conseguirlo. Hay momentos en los que asumir determinado riesgo queda fuera de nuestras posibilidades y otros en los que decidimos que el precio es demasiado alto. Eso también forma parte de cuidarnos y de vivir.
Mientras leía sobre todo esto hubo una pregunta que empezó a interesarme más que cualquier consejo sobre cómo evitar el arrepentimiento. ¿Cuántas veces damos algo por perdido sin detenernos a comprobar si realmente terminó o si lo que terminó fue la posibilidad de vivirlo exactamente como lo habíamos imaginado años atrás?
Porque algunas situaciones sí se cierran. Una conversación pendiente con alguien que ya no está pertenece a ese lugar. Hay edades que pasan, circunstancias que cambian y momentos de nuestra vida que no regresan de la misma forma.
Pero otras cosas pueden seguir ahí, aunque hayan cambiado por el camino.
Puede que quisiéramos estudiar algo y entonces no pudiéramos hacerlo, mientras que los años han pasado y la curiosidad continúa viva. Quizá llevemos tiempo pensando en escribir, aprender, viajar o empezar algo que siempre acaba quedándose para más adelante. Lo que deseábamos puede haber cambiado de forma sin desaparecer por completo.
Y aquí apareció otra investigación que a mí sí me dio donde dolía.
Shai Davidai y Thomas Gilovich estudiaron los arrepentimientos que permanecen durante más tiempo y encontraron que muchos estaban relacionados con la distancia entre quienes somos y la persona que alguna vez pensamos que podíamos llegar a ser.
Al leerlo recordé ocasiones en las que no me he sentido del todo a gusto con el lugar que ocupaba simplemente porque no se parecía al que había imaginado para mí. Lo curioso es que estaba dejando fuera todo lo que me había supuesto llegar hasta allí, lo que había tenido que sortear por el camino e incluso las veces en las que conseguí lo que quería y fui más allá. Como el resultado no tenía la forma que yo había pensado, sentía que no lo había conseguido.
Y ahora que lo estoy escribiendo pienso que vaya tela y qué pena con eso.
Una cosa es querer llegar a un sitio y otra haber decidido de antemano hasta cómo tiene que sentirse una cuando llegue. Esto lo he hecho más veces de las que me gustaría reconocer. He conseguido algo y, en vez de pararme a verlo, mi Cotorrilla ya estaba comparándolo con una película que estaba hasta caducada del tiempo que llevaba metida en mi cabeza.
Qué fuerte, porque así difícilmente podía ganarle.
Mientras yo comparaba, la vida había seguido moviéndose. Habían aparecido personas, cambios y posibilidades que no estaban en aquella película y alguna vez incluso había llegado más lejos de donde pretendía. Si continuaba mirando el mapa antiguo, era bastante complicado reconocer el lugar en el que realmente estaba.
Hace tiempo descubrí algo que me ayuda cuando quiero saber si ese pensamiento que me ronda por la cabeza lo veo de verdad así o es mi Cotorrilla intentando vendérmelo como un super ofertón. Hablo del tema en alto, conversando con ella, que es la que me rebate. Escucharme me permite separarme un poco y distinguir mejor qué pertenece a mi situación actual y qué llevo años imaginando, adornando o dando por sentado desde esa voz.
Quizá por eso ahora miro aquel nudo en el estómago del principio de otra manera.
Puede venir de algo que realmente perdimos y con lo que tendremos que aprender a convivir. Pero otras veces quizá estemos llamando oportunidad perdida a algo que todavía podemos hacer de otra forma, o fracaso a algo que sí conseguimos simplemente porque no se parece a aquella versión que habíamos imaginado. Incluso podemos seguir echando de menos una vida que, siendo sinceros, ya no elegiríamos hoy.
Ahora me interesa aprender a reconocer mejor esa diferencia entre lo que realmente perdí y aquello que sigo aplazando, sin vivir cada decisión pendiente de lo que pueda pensar de ella dentro de veinte años.
Una de las cosas que más me gustan de escribir sobre estos temas es precisamente que yo puedo contarte cómo los veo hoy, desde lo que he vivido, pensado o ido descubriendo por el camino, pero tú seguramente tendrás tu propia manera de entenderlos.
Me encantará que puedas contármela. Puede que hayas vivido algo parecido, que no estés de acuerdo conmigo o tengas una forma de verlo que ni siquiera se me había pasado por la cabeza. Ahí está también parte de lo que busco cuando escribo y comparto estas cosas contigo, porque así conozco otras miradas, aprendo y, quién sabe, quizá alguna termine haciéndome mirar de otra manera algo que hasta ahora creía tener clarísimo.









