“Cuando sea grande, me casaré con mi maestra”

Relatos de Lo que el aula no dice/ Historias que comienzan cuando alguien decide mirar.

Las inscripciones para preescolar habían comenzado. Desde temprano, padres y madres de familia llegaban al jardín de niños acompañados de sus pequeños. Algunos caminaban con seguridad, otros se aferraban a las manos de sus padres, temerosos ante aquel lugar desconocido, mientras que unos cuantos observaban todo con curiosidad, como si intentaran descifrar lo que les esperaba.

En la fila se encontraba una mujer alta, de apariencia sencilla. Vestía pantalón de mezclilla, zapatos de trabajo y llevaba el cabello crespo, recogido hacia atrás. Aunque intentaba mostrarse tranquila, su rostro dejaba entrever cierto nerviosismo.

Cuando llegó su turno, se acercó a la mesa y preguntó tímidamente:

—¿Me pueden inscribir a mi hijo?

—¡Por supuesto, señora! Permítame sus documentos.

La mujer colocó una carpeta sobre la mesa y, casi como si quisiera justificar su presencia, comentó:

—Es que vengo de un rancho.

La maestra levantó la mirada y sonrió.

—¡Ah, sí! ¿De dónde viene?

—De por acá cerca, de Zacate Colorado.

—No hay ningún problema. ¿Les da tiempo de llegar puntualmente a la escuela?

—¡Claro que sí, maestra! Lo traemos en esa camioneta.

—¿Y dónde está el niño? ¿Lo trajo?

La mujer volteó hacia la camioneta y llamó con entusiasmo:

—¡Fallitooo! ¡Acércate, hijo! ¡Ven a saludar a la maestra!

De pronto apareció un pequeño de complexión robusta, mejillas sonrosadas y brillantes, cabello rizado y una enorme sonrisa que iluminaba su rostro. Vestía pantalón de mezclilla, camisa a cuadros, sombrero y botas. Su aspecto era el de un auténtico pequeño ranchero.

Se acercó con cierta timidez, saludó a la maestra y, después de concluir el trámite, se despidió junto a su madre.

La jornada de inscripciones continuó. La maestra atendía a otras familias cuando, al cabo de un rato, la señora regresó apresuradamente. Su rostro estaba sonrojado y parecía tener algo importante que decir.

—Disculpe, maestra, ¿usted va a ser la maestra de Fallito?

—Sí, señora. ¿Por qué lo pregunta? —respondió, un tanto desconcertada.

—¡Ahhh, ¡qué bueno! Es que, desde que nos fuimos, el niño no ha dejado de decirme que quiere que usted sea su maestra. Por eso me regresé, para estar segura.

La maestra sonrió ante aquella inesperada muestra de cariño.

—Pues sí, a mí me corresponde atender a Fallito. No se preocupe, señora, aquí los esperamos.

Doña Rosa se marchó satisfecha. Desde la camioneta, el pequeño asomaba la cabeza por la ventana y agitaba su manita en señal de despedida. La maestra le respondió con una sonrisa, sin imaginar que aquel niño estaba comenzando a escribir, a su manera, una historia muy especial.

Las semanas transcurrieron y finalmente llegó el primer día de clases.

Fallito se convirtió en uno de los primeros en llegar al jardín. Acompañado de sus padres, esperaba pacientemente a que se abrieran las puertas. En cuanto veía llegar a su maestra, corría a su encuentro y, sin que nadie se lo pidiera, se ofrecía a ayudarla con las cosas que llevaba.

Era un niño alegre, participativo y muy sociable. Disfrutaba de las actividades, se relacionaba fácilmente con sus compañeros y, entre juegos y conversaciones, contaba emocionado las tareas que realizaba con su papá en el rancho.

Con el paso de los días, la maestra fue conociendo mejor a Rafael, aunque para todos seguiría siendo Fallito, y también a su familia. Doña Rosa y su esposo eran personas sencillas, amables y muy afectuosas, de esas que expresan su gratitud con pequeños detalles.

Una mañana, Fallito llegó más sonriente que de costumbre. Se acercó al escritorio de la maestra y, con el orgullo de quien entrega un tesoro, colocó sobre él un enorme queso de aproximadamente un kilo.

—¿Y esto, Fallito? —preguntó sorprendida.

Su madre, que lo acompañaba, intervino:

—Maestra, acéptelo, por favor. Nosotros lo hacemos en el rancho y el niño lleva varios días insistiendo en que quiere traerle uno.

La maestra, un poco sonrojada por aquella muestra de generosidad, aceptó el obsequio y les agradeció de corazón.

Fallito se marchó feliz. Para él, compartir aquel queso era otra manera de decirle cuánto quería a su maestra.

El ciclo escolar transcurrió rápidamente y Fallito pasó a tercer grado. En aquel pequeño jardín de niños solo había dos maestras: una de ellas estaba a cargo de la dirección y atendía segundo grado; la otra, quien había recibido a Fallito desde su inscripción, ahora sería responsable del grupo de tercero.

Todo parecía marchar con normalidad, hasta que una mañana de lunes algo cambió.

Como de costumbre, Fallito y sus padres esperaban frente al jardín a que se abrieran las puertas. Cuando llegó la maestra, mientras se despedía de su familia, alcanzó a observar que el pequeño discutía con su mamá. Su rostro reflejaba enojo y parecía negarse a aceptar alguna explicación.

La maestra sacó las llaves y se apresuró a abrir. Aquella mañana, Fallito no corrió a recibirla ni se ofreció a ayudarla con sus cosas. Entró sin saludar y se dirigió directamente al salón.

A la maestra le extrañó mucho su actitud. Fallito siempre había sido cariñoso, atento, obediente y, aunque bastante travieso, también muy respetuoso.

Durante los honores a la bandera, el pequeño permaneció inquieto y cabizbajo. No tenía la alegría que lo caracterizaba y parecía estar ausente, atrapado en sus propios pensamientos.

Al llegar al salón, iniciaron las actividades habituales: ejercicios de lenguaje, cantos, juegos y otras dinámicas. Sin embargo, Fallito continuaba distante. No participaba como de costumbre y apenas interactuaba con sus compañeros.

Cuando llegó la hora del recreo, se acercó al escritorio de la maestra y colocó sobre él un recipiente transparente. En su interior había pollo frito y ensalada.

—¿Es para mí, Fallito? —preguntó ella, sorprendida.

—Sí, te lo comes —respondió el niño con cierta indiferencia.

La maestra lo miró con ternura. Aquella actitud no era propia de él.

—Lo comeré con mucho gusto, pero antes quiero que me digas qué te pasa. ¿Por qué estás enojado conmigo?

Fallito no respondió. Dio media vuelta y salió corriendo hasta el fondo del salón, donde se sentó apartado de todos.

La maestra decidió darle un momento, esperando que se tranquilizara. Al sonar el timbre que anunciaba el final del recreo, el pequeño seguía en el mismo lugar.

Se acercó a él, lo tomó cariñosamente de la mano y, después de insistir un poco, logró que regresara al salón.

La preocupación de la maestra aumentaba. A la hora de la salida intentó conversar con doña Rosa, pero esta le comentó que tenía mucha prisa y que, si no había inconveniente, hablarían al día siguiente.

La maestra comenzó a imaginar que quizá la familia atravesaba alguna dificultad y que el comportamiento de Fallito podía estar relacionado con algún problema en casa.

Al día siguiente, durante la clase de Educación Física, Fallito sufrió una caída y se lastimó un brazo. Afortunadamente, la lesión no fue de gravedad, pero el accidente hizo indispensable que la maestra hablara con su madre al finalizar la jornada.

Cuando doña Rosa llegó, la maestra le explicó lo sucedido.

—¡Para rematar, maestra! ¡Solo esto nos faltaba! —exclamó la señora, visiblemente preocupada.

Aquella expresión aumentó la inquietud de la educadora.

—Doña Rosita, quisiera preguntarle algo. ¿Me puede compartir qué está pasando con Fallito? Desde hace dos días lo noto triste, enojado y muy distante. Él no suele comportarse así.

La mujer sonrió ligeramente, como si por fin comprendiera lo que estaba sucediendo.

—No se preocupe, maestra. Son cosas de chamacos. Resulta que el día que lo trajo mi esposo, Fallito se sorprendió muchísimo al verla subir al carro de ese hombre.

La maestra la miró, sin entender todavía.

—¿De qué hombre me habla, doña Rosita?

—¡Pues de su esposo, maestra! —respondió la señora, intentando contener la risa—. El niño me preguntó furioso: “Mamá, ¿qué hace mi maestra montada en el coche de ese hombre?”.

La maestra no pudo evitar sonreír.

Doña Rosa continuó:

—Le expliqué que era su esposo, que usted estaba casada y que tenía hijos. Pero él se enojó todavía más y me dijo que eso no era cierto, porque cuando fuera grande se iba a casar con usted. Se puso a llorar cuando le insistí en que usted ya tenía una familia. Tuve que regañarlo y pedirle a su papá que también hablara con él para que se tranquilizara y entrara a la escuela. Como no había tenido oportunidad de platicar con usted, no sabía que todavía seguía enojado.

La maestra escuchó con atención. De pronto, todos aquellos comportamientos que la habían desconcertado cobraron sentido.

—Muchas gracias por contármelo, doña Rosita. No se preocupe, mañana platicaré con él.

Al día siguiente, Fallito llegó con el brazo inmovilizado. Aunque todavía se mostraba un poco reservado, parecía más tranquilo. Como aquel día habían asistido pocos niños, por una lluvia muy fuerte, la maestra encontró la oportunidad para acercarse a él y conversar.

Preparó tres imágenes: la primera mostraba a un niño pequeño, la segunda a un hombre adulto y la tercera a una mujer de edad avanzada.

Sentó a Fallito a su lado y, mostrándole las ilustraciones, comenzó a explicarle:

—Mira, Fallito, este niño eres tú. ¿Te acuerdas de cuando llegaste por primera vez al jardín? Eras más pequeñito, ¿verdad?

El pequeño asintió.

—Y esta mujer soy yo. Tú y yo vamos a ir creciendo y cambiando poco a poco. Cuando tú seas un hombre grande, como este de la imagen, seguramente tendrás una familia y querrás casarte. Pero para entonces, yo ya seré una abuelita, como esta señora.

Fallito observó detenidamente la imagen. La maestra continuó, procurando que sus palabras fueran lo más sencillas posible:

—A lo mejor ya no tendré dientes, caminaré con un bastón y necesitaré que me ayuden a comer mi sopita. ¿Tú crees que todavía te querrías casar conmigo si yo fuera una abuelita así?

El pequeño se quedó mirando la ilustración durante unos segundos. Después levantó la mirada hacia su maestra, como si estuviera intentando comprender aquella realidad que hasta entonces no había considerado.

Sin decir una sola palabra, se acercó lentamente y la abrazó con una ternura que conmovió profundamente a la educadora.

No hicieron falta más explicaciones. A su manera, Fallito parecía haber comprendido que aquel cariño tan grande que sentía por su maestra podía expresarse de muchas otras formas.

A partir de entonces, recuperó su alegría, volvió a participar en las actividades y continuó siendo aquel niño cariñoso, solidario, estudioso y travieso que todos conocían. Fallito no volvió a hablar de casarse con su maestra, pero eso no significó que su cariño disminuyera. Por el contrario, continuó expresándolo de las maneras más espontáneas y conmovedoras.

Su relación con ella se fortaleció a través de la confianza, el respeto y el afecto. Y hubo una ocasión muy especial en la que, junto con sus compañeros, visitaron el pequeño rancho de la familia de Fallito.

Aquella vez, el pequeño se convirtió en el anfitrión. Orgulloso de su hogar, les mostró cómo se ordeñaban las vacas y cómo se elaboraba el queso que tanto disfrutaban. Era evidente la emoción que sentía al compartir con sus compañeros y con su maestra una parte tan importante de su vida.

Pasaron los días, y siempre, al encontrarse con ella, corría a abrazarla, rodeando su cuerpo con sus pequeños bracitos, como si quisiera guardar en aquel abrazo todo el afecto que sentía. En otras ocasiones, cuando la saludaba, tomaba su mano y la besaba con una delicadeza que sorprendía. La maestra incluso llegó a percibir cómo, en esos momentos, el pequeño aspiraba discretamente el aroma de su perfume, como si quisiera conservar también aquella fragancia que ya asociaba con su persona.

Fallito seguía siendo el mismo niño alegre, cariñoso y travieso, pero ahora su afecto se manifestaba con una naturalidad que hacía sonreír a quienes tenían la fortuna de presenciarlo.

Llegó noviembre y, con él, las tradicionales celebraciones del triunfo de la Revolución Mexicana. Para el desfile escolar, la familia de Fallito, que tenía caballos en su rancho, tuvo la generosidad de prestar dos ejemplares. Uno sería montado por Fallito y el otro por su maestra.

El pequeño estaba emocionadísimo. Se caracterizó de Pancho Villa, luciendo orgulloso su atuendo y dispuesto a participar en el desfile. Pero lo que más ilusión le hacía era saber que su maestra también iría a caballo junto a él.

Con la espontaneidad que lo caracterizaba, no dejaba de anunciar, lleno de orgullo:

—¡La maestra será mi Adelita!

Y así, aquel pequeño ranchero que alguna vez había imaginado que se casaría con su maestra, encontró una nueva manera de hacer realidad, a través de sus juegos y fantasías infantiles, aquella historia de cariño que había construido en su corazón.

Desfilaron juntos, él convertido en Pancho Villa y ella en su Adelita, mientras Fallito disfrutaba de aquel momento como uno de los protagonistas de su propia aventura.

Tal vez con los años algunos cantos, juegos y actividades se hayan desdibujado un poco. Pero aquel cariño sincero, expresado en un queso, en un recipiente con comida, en una ilusión infantil y, finalmente, en un abrazo, forma parte de esas pequeñas historias que permanecen para siempre en el corazón de quienes tienen el privilegio de acompañar a la infancia.

Porque en el aula también se aprende a querer, a comprender y a descubrir que el amor tiene muchas formas de expresarse.

Gracias a todos los niños por ese amor tan espontáneo, generoso y sincero que, sin proponérselo, deja huellas imborrables en la vida de sus maestras.

Derechos reservados de Autor.

Author

  • ELIZABETH C.M.

    Dra. Elizabeth Alejandra Castillo Martínez
    Poetizaá Liaazhny (Poeta nube/ arcoíris)
     Mexicana
     Doctora en ciencias de la educación
     Bilingüe: Zapoteco su lengua materna y español
     Docente jubilada de educación básica y de posgrado, actualmente, facilitadora en el Doctorado en Educación de la Universidad Hispano de Tuxtepec; Oaxaca México; es directora de tesis de grado; Par evaluador internacional de proyectos de investigación para publicación.

     Escritora de poesía, relatos y cuentos cortos para niños en zapoteco y en español.
     Premio Mundial a la excelencia águila platino por la Academia mundial de lengua, literatura y arte en alianza global con la Unión Hispano Mundial de Escritores y Mil mentes por México internacional.
     En Coautoría con Flavio de Jesús Castillo Silva en 2022 publicaron el libro “Dos castillos entre cuentos y poemas”
     En 2022 publicó su libro titulado Metamorfosis poética
     Ha participado en diversas antologías poéticas como Per virtud poética 2 (España) Verbo Raíz, Jardín de figuras abiertas…entre otras.

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Dra. Elizabeth Alejandra Castillo Martínez Poetizaá Liaazhny (Poeta nube/ arcoíris)  Mexicana  Doctora en ciencias de la educación  Bilingüe: Zapoteco su lengua materna y español  Docente jubilada de educación básica y de posgrado, actualmente, facilitadora en el Doctorado en Educación de la Universidad Hispano de Tuxtepec; Oaxaca México; es directora de tesis de grado; Par evaluador internacional de proyectos de investigación para publicación. Escritora de poesía, relatos y cuentos cortos para niños en zapoteco y en español.  Premio Mundial a la excelencia águila platino por la Academia mundial de lengua, literatura y arte en alianza global con la Unión Hispano Mundial de Escritores y Mil mentes por México internacional.  En Coautoría con Flavio de Jesús Castillo Silva en 2022 publicaron el libro “Dos castillos entre cuentos y poemas”  En 2022 publicó su libro titulado Metamorfosis poética  Ha participado en diversas antologías poéticas como Per virtud poética 2 (España) Verbo Raíz, Jardín de figuras abiertas…entre otras.

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