Esto va de la que yo sola me monto en cuanto me veo con energía y, sobre todo, de la factura de después.
No paro de hacer descubrimientos sobre mis comportamientos y cómo me muevo entre ellos. Y no, no lo sé todo. Tampoco significa que cada vez que descubro algo esa parte ya esté resuelta y no vaya a repetir lo mismo. Yo pensaba que funcionaba así, pero va a ser que no. Y no lo digo como experta en autoayuda ni nada por el estilo. En lo único que sí te digo que soy experta es en probar, equivocarme muchas veces y acertar algunas otras.
Una de las cosas que he descubierto es que yo tengo mucho peligro cuando estoy bien y tengo energía, porque me vengo arriba. Me pongo como loca a abrir pestañas en el ordenador, contesto cuarenta mil mensajes, limpio, recojo, adelanto cosas y, en principio, no pasa nada. Todo eso está muy bien. El problema aparece cuando entra en escena mi lista interminable de “ya que estoy” y yo no sé decirle que no.
Ahí está el peligro. Mezclo bienestar con barra libre de vida. Y digo yo que no será necesario terminar vacía para sentir que he aprovechado el día.
La otra noche me di cuenta de que, cuando tengo energía, no aparece solo alegría. Aparece una Inés espitosa, lanzada, que hasta acostarse le parece una tontería. Una pérdida de tiempo. Un desperdicio, vamos. Como si descansar justo cuando por fin tengo ganas fuera fallarme a mí misma.
Me ha costado mucho darme cuenta de que yo creo que estoy fuerte, pero lo que pasa es que me siento fuerte. Y no es lo mismo. Es más bien como un chute de adrenalina. Y no veas cómo empieza a salir la lista de los “ya que estoy”. Ahora me hace gracia verla, pero cuando la empiezo a enumerar me canso solo de leerla.
Ya que estoy, contesto esto. Ah, y también puedo dejar preparado esto otro. Y adelantar aquello, recoger la casa. Y por qué no, seguir un poco más, total es temprano. Y como no podía ser de otra manera, mi cotorrilla aparece encantada de la vida metiendo presión, que para eso tiene un máster.
“Para eso estás con energía.” “Ahora tienes que aprovechar.” “Y si no es temprano, da igual.” “Venga, Inés, sigue un poco más.” Y esta última da el puntillazo. “Aprovecha, que ya tienes una edad y no siempre estás igual ni vas a estar igual.”
La muy jodida sabe dónde dar.
Y claro, dale que te pego hasta que me rompo, porque no lo hago hasta cansarme un poco. Lo hago hasta quedarme sin pilas y el cuerpo dice basta a lo bruto porque yo no he querido cortar antes. Y lo peor no es todo lo que me meto encima. Lo peor es lo que sucede después. El bajón. Ese sí que me preocupa, porque no es pequeño. Me quedo hecha un trapo y ahí mi cotorrilla aprovecha para montarme una peli de terror.
La otra noche la vi venir. Yo quería seguir y, de hecho, seguí un rato más, porque quería dejar preparado y terminado un tema. Y eso me dejó claro algo que ya venía sospechando. Los temas no se resuelven para siempre por el simple hecho de haberlos visto. Se repiten. Ayer mismo, sin ir más lejos. Pero antes yo me subía a la energía hasta estrellarme. Hoy sigue costándome y todavía tengo que pillarme con las manos en la masa, pero detecto mucho antes ese brillo peligroso de cuando me creo invencible.
Y quizá ahí esté el cambio. En parar justo antes de quedarme sin una gota, no esperar a romperme, entender, aunque todavía me cueste, que cortar a tiempo no es perder el día. Es cuidarme antes del golpe.
No necesito terminar vacía para sentir que he aprovechado el día. A lo mejor aprovechar también es irme a dormir aunque todavía me quede chispa, dejar algo sin rematar y, sobre todo, guardarme un poco de vida para mañana.
Me ha costado, eh. Y lo bueno es que ahora sé que volveré a repetir esto, pero esta vez tengo a la cotorrilla más fichada y podré negociar un poco mejor con todos esos “ya que estoy” antes de que me lleven por delante. La otra noche no lo hice perfecto y no pasa nada, porque algo ya empezó a moverse.
Seguí un rato más, sí, pero ya no iba tan a ciegas.







