Tengo que confesarte algo: ha sido el campeonato que menos he seguido en toda mi vida.
Me acuerdo del Mundial de Alemania 74. Aquello sí que paraba el mundo, mi mundo, quiero decir. El fútbol total, la naranja mecánica holandesa, la estrella del equipo y uno de los mejores jugadores del campeonato fue Johan Cruyff, que jugaba en el Barcelona, equipo al que también entrenó años más tarde. Pero ganó Alemania. 2-1.
Los meses previos se compraban cromos, cambiando los niños los «repes» en el patio del colegio y soñando con las camisetas. Te sentabas frente al televisor y descubrías a jugadores que no habías visto en tu vida, porque no había internet ni mil plataformas donde te los machacaban a diario.
Un Mundial era un acontecimiento casi místico. El tiempo se congelaba.
Hoy ya nada es lo que era.
Todo se ha politizado hasta dar asco. Te meten con un calzador los discursos, polémicas absurdas y un ruido constante que te agota. Esa ilusión pura por las cosas del mundo se va difuminando, desgastada por el cinismo, por los años y por la cruda realidad de los bares de canosos y calvos donde ya estamos de vuelta de todo.
Si te soy sincero, la única ilusión real que me queda hoy por estas cosas la vivo a través de los ojos de los niños. Es en su mirada donde todavía veo ese fuego inocente, esa emoción genuina que a nosotros, los adultos, ya se nos apagó hace tiempo.
¿Y qué tiene que ver el fútbol y mi cinismo con tu alegría, tu pasión y tus ilusiones.
Absolutamente todo.
Cuando un ciudadano vota por primera vez tiene exactamente esa misma ilusión intacta del niño del 74 abriendo sobres de cromos. Cree que todo es mágico, puro y que el mundo entero se va a detener cuando publique los resultados con la palabra «FIN». Hemos ganado.
Pero el mercado mediático se parece mucho más a este Mundial de 2026: está saturado, es ruidoso, está lleno de humo y hay mucha gente dispuesta a venderte motos.
Ahí es donde tu exceso de ilusión te ciega.
Si te dejas llevar por esa magia de novato y por los aplausos de tu familia, vas a acabar votando por el que hace aguas. Vas a salir al mercado con errores de bulto, con tramas que no cierran y con personajes de cartón piedra, porque la ilusión no te ha dejado ver la realidad.
Por eso necesitas confiar en ti mismo. Ese alguien que ya haya perdido la inocencia.
No escuchar a estos regaladores de oídos ni aplaudir tu magia. Necesitamos políticos que puedan leerte en frío.
Tú pones la ilusión inicial, esa chispa es imprescindible para sentarse a proyectar, modificar, transformar y el político pone el oficio, la estructura y el trabajo para que tus sueños sobrevivan a la realidad.
Si se puede llenar estadios de entusiastas, ver un partido en directo a la televisión global. No debe ser muy difícil para debatir un proyecto que interesa directamente la manera de convivir juntos nuestras diversas vidas. Hay mucho empeño para impedir que ocurra.
- Viva la vida.








